“Todos los preceptos del cristianismo coinciden en enseñarnos y mandarnos moderar nuestras pasiones, templar nuestros afectos por las cosas de este mundo; ser agradecidos por lo poseído y pacientes ante la pérdida cuando quien lo dio juzgue oportuno quitarlo.”
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Significado
Moderación y afectos
Plantea la exigencia de contener los deseos y ordenar el afecto hacia lo transitorio, proponiendo una vida en la que el apego no dicte la identidad ni la felicidad. El imperativo moral se articula como disciplina del corazón: templanza frente a la seducción de bienes, reconocimiento agradecido por lo recibido y capacidad para soltar cuando la pérdida llega por un juicio superior. Moderación aquí no significa indiferencia; significa situar las cosas buenas dentro de una economía afectiva que protege la estabilidad interior.
Gratitud, pérdida y responsabilidad
Desde la tradición cristiana esa postura responde a la concepción de la vida como provisoria y a la idea de providencia, que otorga y retira con un fin último. En la práctica afecta decisiones cotidianas —relaciones, consumo, duelos— y favorece resiliencia y una gratitud activa. Al mismo tiempo exige cuidado para que el desapego no se transforme en pasividad frente a injusticias; la virtud reclama tanto renuncia como responsabilidad ética ante el mundo.
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