“La sed del codicioso no puede nunca extinguirse; siempre se ve atormentado por el furor de aumentar lo que posee.”

Cicerón
Cicerón

Orador, político, filósofo y escritor romano, considerado el gran maestro de la prosa latina. Cónsul que desbarató la conjuración de Catilina, escribió las «Catilinarias», «Sobre la república» y «Sobre los deberes».

106-43 a. C.

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Significado

La pasión que nunca se sacia

Cicerón observa que el apetito por poseer no encuentra reposo; cada logro alimenta una sed insaciable que obliga a seguir acumulando. Esa imagen muestra la contradicción íntima del deseo: cuanto más se añade, más se abre la falta. Es una lectura psicológica sencilla y dura, donde la riqueza funciona como perpetuo estímulo y no como cumplimiento. El resultado es un sujeto siempre inquieto, dominado por avaricia y por la urgencia de aumentar lo propio en lugar de disfrutar o evaluar lo alcanzado.

Efectos en la ética y la vida pública

La advertencia encaja en la tradición moral romana que Cicerón transmitía desde la filosofía griega: la avidez corroe la paz interior y las normas comunitarias. En lo individual produce insatisfacción crónica; en lo colectivo favorece prácticas corruptas y desigualdades, porque la competencia por crecer eclipsa la justicia y la medida. La implicación práctica es clara: restringir el deseo, cultivar límites y valorar otros fines menos cuantificables son respuestas necesarias para evitar que la búsqueda de más destruya lo conseguido.

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