“Pero si los bueyes, los caballos y los leones tuvieran manos o pudieran pintar con ellas y producir obras como los hombres, los caballos como caballos y los bueyes como bueyes también dibujarían las figuras de los dioses y harían sus cuerpos semejantes a sus propias apariencias.”

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La proyección como imagen divina

Xenófanes observa que la representación de lo sagrado suele ser espejo de quien la fabrica: si otros animales tuvieran manos y arte, crearían dioses a su semejanza. Esa observación desmonta la pretensión de objetividad en las imágenes religiosas y señala un mecanismo simple y constante: proyección cultural. Nacida como respuesta a los mitos homéricos del siglo VI a. C., la idea funciona como crítica directa a la antropomorfización de los dioses y como llamada a pensar la religión desde la contingencia humana más que desde una revelación incuestionable.

Consecuencias para pensar lo sagrado

La implicación es doble. Por un lado, exige humildad epistemológica: nuestras descripciones divinas reflejan limitaciones corporales y sociales, no verdades universales. Por otro, inaugura una línea crítica que llega hasta la antropología y la filosofía moderna: las creencias religiosas pueden leerse como construcciones históricas que reproducen intereses, cuerpos y jerarquías. Aplicada hoy, la observación ayuda a entender por qué iconos, rituales y doctrinas cambian según quién los produce y quién los contempla.

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