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La persistencia de lo vivido
Cortázar plantea una paradoja sobre el tiempo: aunque devora todo a su paso, existe una dimensión de la experiencia humana que permanece intacta. Los recuerdos dichosos, los rostros queridos, los momentos de plenitud escapan a esa capacidad destructora. Aquí el escritor argentino trasciende la melancolía típica ante lo irrecuperable para afirmar algo radical: la calidad de lo vivido no se erosiona con los años, sino que adquiere una solidez diferente, más íntima.
Esta reflexión surge de la vocación de Cortázar por explorar cómo la memoria construye la identidad. Mientras el tiempo borra detalles y diluye circunstancias, la resonancia emocional de las horas felices permanece. No se trata de idealización, sino de reconocer que ciertos momentos trascienden su condición de pasado: siguen operando en nosotros como fuerzas vivas.
La implicación es liberadora. Frente a la angustia por lo que se desvanece, Cortázar coloca la certeza de que lo compartido con otros, lo sentido profundamente, constituye una herencia real. La destrucción del tiempo tiene límites precisamente donde comienza la densidad de la experiencia verdadera.
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