“La madre apareció la semana siguiente en el aula de mi hermano suplicando a niños de siete años que compartieran cualquier dibujo que tuvieran de su hijo, porque lo había perdido todo.”
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La aparición en el aula
La imagen de una madre pidiendo a niños de siete años que entreguen cualquier dibujo suyo revela una urgencia que traspasa lo material: busca pruebas de que su hijo existió, fragmentos de identidad dispersos tras una catástrofe, desplazamiento o violencia. En pocas líneas se condensan la desesperación y la humillación de quien ha perdido no solo objetos, sino nombres, historias y la posibilidad de enterrarlos en la memoria colectiva. Zainab Salbi, vinculada a relatos sobre guerra y mujeres, sitúa aquí una escena cotidiana que expone la escala íntima del desarraigo.
Memoria y pequeños testimonios
Los trazos infantiles funcionan como testigos: una línea, un color, un gesto que puede devolver un rostro al olvido. La escena obliga a pensar en la responsabilidad social y en el papel de las comunidades como depositarias de recuerdos. También cuestiona instituciones que fracasan en proteger vidas y recuerdos, mientras subraya cómo actos humildes —compartir un dibujo, reconocer un nombre— reconstruyen dignidad y narrativas que corren el riesgo de desaparecer.
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“Saddam nos dio muchas cosas: el desarrollo del país..., pero creo que lo que nos quitó, mientras tanto, fue nuestra propia alma. Llegamos a una etapa en que nos temíamos unos a otros, donde esposos y esposas no se hablaban, donde los padres tenían miedo de expresar nada frente a sus hijos porque los maestros preguntaban qué pensaba papá del tío Saddam. Y hay historias horribles de padres ejecutados por culpa del niño.”
“Crecí con los colores de la guerra: los rojos del fuego y de la sangre, los tonos marrones de la tierra al explotar en nuestras caras y el plateado penetrante de un misil explotado, tan brillante que nada puede proteger tus ojos.”
“Crecí con los sonidos de la guerra: los sonidos staccato de los disparos, los desgarradores estallidos de las explosiones, los ominosos zumbidos de los aviones y los lamentos de las sirenas.”
“Sonidos que uno esperaría, pero que también son conciertos disonantes de bandadas de pájaros chillando en la noche, los agudos llantos sinceros de los niños y el trueno, insoportable, del silencio.”
“«La guerra», dijo una amiga mía, «no se trata del sonido en absoluto. En realidad se trata del silencio, el silencio de la humanidad.»”