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La pérdida silenciosa de la inocencia
Cortázar captura algo incómodo: los momentos que transforman quiénes somos ocurren sin anuncio previo. No hay ceremonia ni aviso de que estamos cruzando un umbral. De repente, miramos atrás y descubrimos que ya no somos quiénes éramos. La inocencia se desmorona gradualmente, pero la tomamos conciencia de golpe, cuando el daño ya está hecho. Esa asimetría entre el cambio lento y la revelación abrupta es lo que vuelve la experiencia tan perturbadora.
El desconocimiento como rasgo central
Lo inquietante radica en que vivimos el proceso sin verlo claramente. Entramos en "otra vida" mientras seguimos pensando que continuamos en la anterior. Solo después, cuando reflexionamos sobre nuestras acciones o decisiones, comprendemos que algo fundamental cambió en nosotros. Cortázar señala que la inocencia no se pierde por un único acto dramático, sino por la acumulación de pequeñas grietas que no advertimos hasta que el edificio colapsa.
Implicaciones para la madurez
Esta observación tiene peso en la experiencia humana cotidiana. Sugiere que el crecimiento y la pérdida de inocencia no son procesos conscientes y controlables, sino eventos que nos suceden. Reconocer esto implica cierta humildad: somos más vulnerables de lo que creemos a los cambios que nos moldean.
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“Nada está perdido si se tiene el valor de proclamar que todo está perdido y hay que empezar de nuevo.”
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“En realidad las cosas verdaderamente difíciles son todo lo que la gente cree poder hacer a cada momento.”
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