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La Paradoja de la Exigencia Ajena
Fénelon, pedagogo francés del siglo XVII, señalaba una hipocresía común en la educación: quienes son implacables con los defectos de los niños suelen ser indulgentes con los propios. Este contraste revela algo fundamental sobre el poder y la responsabilidad. Cuando alguien ejerce autoridad sobre otro, especialmente sobre menores, puede justificar cualquier rigor bajo el pretexto educativo, mientras que se concede a sí mismo el lujo de la debilidad humana.
La observación tiene peso porque toca una verdad incómoda: la severidad externa frecuentemente compensa la culpa interior. El adulto que no tolera un error infantil acaso oculta sus propios fracasos bajo una máscara de perfeccionismo. Esta dinámica genera ambientes tóxicos donde la exigencia se convierte en castigo, no en enseñanza.
El mensaje práctico es claro: la coherencia entre lo que pedimos a otros y lo que nos permitimos es esencial para educar con legitimidad. No basta predicar virtudes; hay que practicarlas. La credibilidad de quien educa depende de esa alineación entre el rigor que impone y el que se aplica a sí mismo.
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“Huye de los elogios pero trata de merecerlos.”
“Si queréis formar juicio acerca de un hombre, observad quienes son sus amigos.”
“El sufrimiento depende no tanto de lo que se padece cuanto de nuestra imaginación, que aumenta nuestros males.”
“La fuerza no puede jamás persuadir a los hombres; sólo logra hacerlos hipócritas.”
“La ambición está más descontenta de lo que no tiene que satisfecha de lo que tiene.”