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La ilusión del enfado justificado
Benjamin Franklin señala una paradoja fundamental de la naturaleza humana: nuestra capacidad para encontrar motivos de indignación parece casi infinita. La vida cotidiana ofrece material abundante. Injusticias pequeñas, desaires, traiciones, incompetencias ajenas. Cada día nos presenta nuevas razones para estar furiosos. Sin embargo, Franklin plantea una pregunta incómoda: cuando examinamos honestamente esas razones, ¿realmente justifican el enfado que sentimos?
La cita expone el abismo entre la abundancia de pretextos y la calidad de los motivos reales. Podemos estar enojados por algo que nos ofendió esta mañana, pero rara vez ese enfado sirve para algo constructivo. Más bien nos consume, nos distorsiona el juicio y nos aleja de las personas que amamos. Franklin sugiere que el problema no radica en la ausencia de conflictos, sino en nuestra tendencia a magnificarlos emocionalmente.
La lección práctica es directa: antes de ceder al enfado, conviene hacer una pausa. ¿Qué espero lograr con esta rabia? ¿Me acerca a soluciones o simplemente me quema desde adentro? Reconocer que tenemos razones para enfadarnos no significa que debamos actuar sobre ellas.
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