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Gracián y la reputación como patrimonio
Baltasar Gracián, jesuita del siglo XVII, observó una verdad incómoda sobre el comportamiento humano: quien se queja públicamente pierde credibilidad. No porque sus quejas carezcan de fundamento, sino porque la queja revela debilidad, falta de control y dependencia de la aprobación ajena. En la época de Gracián, marcada por intrigas cortesanas, esta lección resultaba práctica: el que murmura sus desgracias se convierte en blanco fácil, en alguien que admite su propia impotencia frente a las circunstancias.
La idea trasciende el contexto histórico. Cuando alguien expone constantemente sus problemas, busca validación externa en lugar de resolver sus conflictos. Otros lo perciben como alguien sin recursos internos, atrapado en una mentalidad de víctima. Gracián sugiere que la dignidad reside en la acción silenciosa: enfrentar adversidades sin publicitar el sufrimiento mantiene intacta la reputación y el respeto.
Hoy, en redes donde compartir frustraciones es habitual, la advertencia sigue siendo pertinente. Externalizar todo cuanto duele puede brindar alivio momentáneo, pero erosiona la percepción que otros tienen de nuestra capacidad para gestionar la vida. El equilibrio radica en ser auténtico sin convertir el dolor en espectáculo.
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