“La vida eterna no depende de nuestra perfección; pero, puesto que depende de la gracia de Cristo y del amor del Espíritu, ese amor nos impulsará a imitar la perfección.”

William Adams
William Adams

Explorador inglés que participó en expediciones marítimas del siglo XVI, conocido por ser uno de los primeros ingleses en llegar a Japón y por su influencia en las relaciones entre ambos países.

1564 – 1620

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Significado

Gracia que transforma, no recompensa humana

Acierta al separar la obtención de la vida eterna de la métrica moral: la salvación se presenta como don ligado a la gracia de Cristo y al amor del Espíritu, no como fruto de logro personal. Sin embargo, ese mismo amor es dinámico; empuja hacia la transformación interior y hacia una aspiración a la perfección cristiana entendida como coherencia ética y espiritual, no como impecabilidad exhaustiva. La tensión entre don recibido y exigencia de cambio queda resuelta cambiando la fuente de la motivación: ya no es mérito, sino respuesta movida por afecto divino.

Contexto teológico y consecuencias prácticas

Dentro de la tradición cristiana esta postura converge con reflexiones sobre justificación y santificación: la primera es gracia, la segunda es proceso impulsado por el Espíritu. En la práctica pastoral evita tanto el legalismo como la pasividad: propone una vida activa guiada por amor, donde el esfuerzo moral brota de gratitud más que de temor. Éticamente implica responsabilidad sostenida y una esperanza que no exige perfección inmediata para reconocer la salvación.

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