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Ortega y Gasset: Los dos rostros de la democracia
Ortega distingue entre la democracia como sistema institucional y la democracia como mentalidad cultural. La primera, con sus mecanismos de representación y voto, resulta conveniente para organizar el poder político. Pero aquella que permea el pensamiento cotidiano, las costumbres y los valores personales, constituye un riesgo profundo. El filósofo madrileño diagnostica aquí una enfermedad social cuando la mentalidad democrática se convierte en relativismo radical: la creencia de que todas las opiniones tienen igual valor, que no existen criterios de excelencia ni jerarquías válidas.
La implicación central radica en que una sociedad donde nadie reconoce autoridad moral, experiencia o conocimiento superior tiende al caos intelectual y moral. Ortega temía una democracia que disolviera todo discernimiento, donde la igualdad política se transforme en igualitarismo de valores. Escribía desde la España de los años treinta, observando cómo el desprecio por la autoridad legítima y la expertise facilitaba el ascenso de movimientos destructivos. Su advertencia apunta a una verdad incómoda: las instituciones democráticas requieren ciudadanos que, paradójicamente, no sean completamente democráticos en su mentalidad.
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“La ciencia consiste en sustituir el saber que parecía seguro por una teoría, o sea, por algo problemático”