“La vanidad y el orgullo son cosas muy diversas, aunque a menudo se tomen como sinónimas ambas palabras. Una persona puede ser orgullosa sin ser vana. El orgullo se refiere más a nuestra opinión sobre nosotros mismos; la vanidad, a lo que los demás hayan de pensar de nosotros.”

Jane Austen
Jane Austen

Escritora británica.

1775 – 1817

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La distinción entre el orgullo y la vanidad

Austen destaca una diferencia fundamental que pasamos por alto: el orgullo opera hacia adentro, como evaluación privada de nuestra valía, mientras que la vanidad mira hacia afuera, persiguiendo la aprobación ajena. Una persona puede mantener una altísima estima de sí misma sin necesidad de que otros la reconozcan; otra puede obsesionarse con la imagen que proyecta aunque internamente dude de su propio valor. La primera es íntima e independiente; la segunda es performática y dependiente del juicio externo.

Implicaciones para la vida cotidiana

Esta observación, típica del análisis psicológico de Austen, revela algo incómodo: muchas acciones que atribuimos al orgullo en realidad brotan de la vanidad. El que busca constantemente halagos o que se ofende por críticas menores, actúa movido por la segunda. El que defiende sus principios con indiferencia a lo que otros piensen, posee la primera. Comprender la diferencia permite reconocer qué motiva realmente nuestras decisiones y evaluar si perseguimos una autenticidad genuina o una ilusión de reconocimiento.

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