“Uno puede defenderse de los ataques; contra el elogio se está indefenso”

Sigmund Freud
Sigmund Freud

médico austríaco

1856 - 1939

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La paradoja del elogio según Freud

Freud señalaba una asimetría curiosa en nuestras defensas psicológicas. Cuando alguien nos ataca, podemos refutar sus argumentos, ignorar sus palabras o contraatacar. Tenemos mecanismos claros para rechazar lo negativo. El elogio, sin embargo, nos descoloca. Nos halaga, nos agrada, y esa satisfacción nos vuelve vulnerables. No queremos cuestionarlo ni rechazarlo; queremos creerlo. Esta vulnerabilidad crea una puerta abierta: quien nos alaba puede influenciarnos más fácilmente porque bajamos nuestras defensas intelectuales.

Implicaciones prácticas y éticas

La observación tiene peso en la manipulación social y política. Los halagos sinceros o falsos generan deuda psicológica, afecto y disposición a complacer. Un jefe que elogia estratégicamente obtiene lealtad; un político que adula a su audiencia gana simpatía sin apenas resistencia crítica. La cita también toca algo más íntimo: el elogio genuino puede hacernos dependientes de validación externa, debilitando nuestro juicio independiente. Reconocer esta vulnerabilidad es el primer paso para mantener el equilibrio entre recibir reconocimiento sincero y preservar nuestro criterio.

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