“No tiene importancia que maldigamos al vecino, siempre que no nos admiremos a nosotros mismos.”

Gilbert Keith Chesterton
Gilbert Keith Chesterton

escritor inglés

1874-1936

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El peligro oculto de la vanidad

Chesterton señala aquí una paradoja incómoda sobre la moralidad. Criticar a otros es casi inevitable en la convivencia social: los defectos ajenos saltan a la vista y resulta fácil señalarlos. Sin embargo, lo realmente destructivo no radica en esa tendencia humana a juzgar, sino en la ilusión de superioridad que la acompaña. El verdadero veneno moral brota cuando creemos estar libres de culpa, cuando nos vemos a nosotros mismos como excepciones elevadas en un mundo de mediocres.

La hipocresía invisible

El filósofo católico invierte nuestra preocupación habitual. Mientras gastamos energía en condenar los defectos ajenos, descuidamos el defecto más corrosivo: la vanidad que nos hace ciegos a nuestras propias faltas. Una persona consciente de su propia imperfección puede criticar sin caer en la soberbia. La admiración de uno mismo, en cambio, es el combustible que transforma la crítica legítima en crueldad injustificada. Aquí reside el verdadero daño moral: no en ver mal a otros, sino en vernos demasiado bien a nosotros mismos.

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