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El orgullo frente a la verdad incómoda
El Conde de Chesterfield señala una paradoja fascinante del comportamiento humano. Mientras que admitimos nuestros actos reprehensibles con relativa facilidad, la exposición de nuestras limitaciones nos duele profundamente. Un criminal puede hablar de su crimen; un ambicioso fracasado prefiere ocultarlo. La diferencia radica en que los vicios parecen accidentales o circunstanciales, mientras que los fracasos revelan algo más amenazante: nuestra incapacidad real, nuestros límites como personas.
El espejo de la competencia
Esta observación toca un nervio existencial. El fracaso cuestiona nuestro valor; el vicio apenas lo sugiere. Un acto malo puede atribuirse a circunstancias, momentos de debilidad pasajera o influencias externas. Pero no lograr algo que otros consiguen, o descubrir que simplemente no tenemos la capacidad, ataca directamente nuestra autoestima. Por eso resulta más fácil confesar culpas que admitir incompetencia. El verdadero peligro para el ego no está en lo que hacemos, sino en lo que somos capaces de hacer.
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“Lo que es digno de hacerse, es digno de que se haga bien.”
“Habrá amigos que nos declaren sin reservas nuestras faltas y, sin embargo, no se decidirán a hacernos mención de nuestras locuras.”
“El hombre odia a quien le hace sentir su propia inferioridad.”
“Si te propones algún día mandar con dignidad, debes servir con diligencia.”
“Lo único que quiero para mi entierro es no ser enterrado vivo.”