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La trampa del propio criterio
Cuando Leonardo formuló esta idea, tocaba un problema profundo: nuestra mente tiende a validar lo que ya cree. Los sesgos cognitivos, aunque hoy tienen nombre científico, existían entonces bajo otras formas. El pintor y científico florentino experimentaba constantemente, observaba la naturaleza con rigor, precisamente porque desconfiaba de sus primeras impresiones. Sabía que la intuición inicial suele ser cómplice de nuestros prejuicios, no su cuestionadora.
La advertencia adquiere fuerza en contextos donde confiamos más en nosotros mismos. Creemos que vemos con claridad cuando miramos a través de la lente de lo que ya sabemos. Una persona convencida de su juicio cierra las puertas al aprendizaje. Sin embargo, la duda metódica, el contraste con otras perspectivas y la verificación constante pueden reducir esa ceguera voluntaria. No se alcanza objetividad perfecta, pero sí mayor precisión.
Las implicaciones son radicales: la humildad intelectual deja de ser virtud opcional para convertirse en herramienta de supervivencia mental. En decisiones importantes, en relaciones, en el trabajo, reconocer que nuestro juicio falla es el primer paso para no naufragar en nuestras propias convicciones.
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“El sentido común es el que juzga las cosas que le dan los otros sentidos”
“La pintura es poesía que se ve más que se siente, la poesía es pintura que se siente más que se ve”
“La ciencia más útil es aquella cuyo fruto es el más comunicable”
“La sabiduría es hija de la experiencia”
“Quien de verdad sabe de qué habla, no encuentra razones para levantar la voz”