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El arte de ocultar los errores propios
Gracián plantea una paradoja incómoda sobre la torpeza humana. Según su pensamiento, cometer un error no define al insensato. Lo verdaderamente revelador es la incapacidad de disimularlo, de gestionarlo con discreción. Una acción equivocada puede ocurrirle a cualquiera; lo que separa al prudente del necio es la capacidad de contener el daño, de no permitir que la torpeza se expanda y multiplique sus consecuencias.
Esta máxima refleja la mentalidad cortesana del siglo XVII, cuando la reputación era capital social. En el contexto de Gracián, vivir entre intrigantes exigía una vigilancia constante: tus debilidades no solo debían evitarse, sino ocultarse estratégicamente. El verdadero error radicaba en la impudicia de exponerse, en carecer del dominio necesario para salvaguardar la imagen.
La implicación moderna es más matizada. No se trata de alentar la hipocresía, sino de reconocer que la inteligencia incluye la gestión de crisis. Quien comete un tropiezo pero sabe contenerlo, reflexionar y aprender en silencio, demuestra mayor cordura que quien lo amplifica con justificaciones, victimización o negligencia.
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“El que confía sus secretos a otro hombre se hace esclavo de él”
“La confianza es madre del descuido”
“Todo lo que realmente nos pertenece es el tiempo; incluso el que no tiene nada más, lo posee”
“La retentiva es el sello de la capacidad”
“No te pongas en el lado malo de un argumento simplemente porque tu oponente se ha puesto en el lado correcto”