“Para dar una opinión a alguien primero hay que juzgar bien si esa persona está dispuesta a recibirla o no. Hay que hacerse cercano a él y asegurarse de que confíe continuamente en nuestra palabra. Al abordar temas que le son caros, busca la mejor manera de hablar y de ser bien comprendido.”

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Significado

La prudencia al ofrecer una opinión

Dar un juicio exige primero calibrar la disposición del interlocutor: sin receptividad, la palabra puede herir o volverse inútil. El texto propone acercamiento gradual, cultivar confianza continua y elegir la forma y el tono cuando se tratan asuntos delicados. En otras palabras, habla y relación forman un mismo acto ético; aconsejar no es imponer, sino procurar comprensión mutua y responsabilidad por el efecto de la propia voz.

Trasfondo histórico y consecuencias prácticas

La recomendación procede del espíritu del Hagakure y de una ética samurái que valora la lealtad, la discreción y el respeto entre pares. Desde allí surge una norma de prudencia que trasciende épocas: quien opina debe considerar jerarquías, vulnerabilidades y la posibilidad de daño. Aplicada hoy, exige paciencia, escucha activa y que la influencia se gane con coherencia, no con urgencia ni teatralidad.

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