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La paradoja de la mortalidad y la belleza
Woolf captura aquí una tensión fundamental de la experiencia humana: la coexistencia de alegría y dolor ante lo hermoso. Sabemos que todo perece, que la belleza es fugaz, y esta consciencia nos divide internamente. Por un lado, experimentamos risa, gratitud, incluso dicha al contemplar lo bello. Por otro, la angustia nos acecha porque esa misma belleza está condenada a desvanecerse. No se trata de emociones que se alternan, sino de dos movimientos simultáneos que fracturan nuestro corazón.
La filósofa británica reflexionaba así sobre la condición de estar vivos en un mundo donde la impermanencia es absoluta. Esta dualidad emocional marca toda relación significativa, todo momento de gracia: sabemos que no durará. Lejos de ser nihilista, la cita sugiere que precisamente esta fragilidad intensifica la belleza. El dolor y la alegría se alimentan mutuamente, haciendo que la belleza perecedera sea más profunda, más desgarradora, más memorable que cualquier permanencia inerte.
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“Los ojos de los demás son nuestras cárceles, sus pensamientos nuestras jaulas.”
“Es obvio el que los valores de las mujeres difieren con frecuencia de los valores creados por el otro sexo y sin embargo son los valores masculinos los que predominan.”
“Uno no puede pensar bien, amar bien, dormir bien, si no ha comido bien.”
“No hay barrera, cerradura ni cerrojo que puedas imponer a la libertad de mi mente.”
“Yo me aventuraría a pensar el que Anon (anónimo), quien escribiera tantos poemas sin firmarlos, fue a menudo una mujer.”