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El último rastro de identidad
Ramón Gómez de la Serna captura aquí una paradoja incómoda: el epitafio funciona como la presentación final que damos de nosotros mismos, cuando ya no podemos defendernos ni corregir lo que se dice. Una tarjeta de visita convencional promete encuentros, negocios, conexiones futuras. El epitafio, en cambio, sintetiza una vida completa en pocas palabras, talladas en piedra de manera irreversible. Lo que otros eligen escribir sobre nosotros después de morir se convierte en nuestra última oportunidad de dejar huella, aunque ya no controlemos esa narrativa.
Reflexión sobre el legado y la mortalidad
La frase expone cuán precaria es nuestra capacidad de decidir cómo seremos recordados. Mientras vivimos, manipulamos activamente nuestra imagen; pero llegado el final, esa tarea pasa a manos ajenas. El epitafio revela quiénes fuimos realmente a los ojos de quienes nos conocían, despojado de las máscaras cotidianas. Esta perspectiva aguafuerte nos sitúa ante una verdad incómoda: nuestra reputación póstuma depende menos de nuestras intenciones que de cómo otros decidieron interpretarnos y honrarnos.
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“En la vida hay que ser un poco tonto porque sinó lo son sólo los demás y no te dejan nada.”
“El lunar es el punto final del poema de la belleza.”
“Tenía tan mala memoria que se olvidó de que tenía mala memoria y se acordó de todo.”
“Los que matan a una mujer y después se suicidan debían variar el sistema: suicidarse antes y matarla después.”
“Aburrirse es besar a la muerte.”