“No voy a dejar de hablarle sólo porque no me esté escuchando. Me gusta escucharme a mí mismo. Es uno de mis mayores placeres. A menudo mantengo largas conversaciones conmigo mismo, y soy tan inteligente que a veces no entiendo ni una palabra de lo que digo.”

Oscar Wilde
Oscar Wilde

dramaturgo y novelista irlandés

1854-1900

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El ego como audiencia propia

Oscar Wilde juega aquí con la vanidad intelectual de manera irónica. La idea central gira en torno a la autosatisfacción del discurso: el placer de hablar no depende de quien escucha, sino del acto mismo de expresarse. El ingenio funciona como su propio espejo, donde el hablante se contempla y se admira independientemente de la recepción externa. Esta postura revela algo profundo sobre el narcisismo creativo: a veces el verdadero interlocutor somos nosotros mismos.

La ironía final añade una capa más sofisticada. Al confesar que ni siquiera se entiende a sí mismo, Wilde socava la certeza que acababa de plantear. No es una simple alabanza al ingenio, sino una crítica velada a quienes se enorgullecen de su propia inteligencia sin lograr realmente comprenderla. La contradicción deliberada es el punto: cuanto más hablamos de nosotros mismos, menos claros nos volvemos, incluso para nuestro propio entendimiento.

La cita funciona como una lección sobre los límites del ego. Sugiere que la verdadera comunicación requiere una audiencia real, no imaginaria, y que el soliloquio perpetuo, aunque placentero, termina en confusión y solipsismo.

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