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La huida como motor del viaje
Unamuno cuestiona la visión romántica del viaje como búsqueda. Para él, viajar responde más a un impulso de escape que a la atracción del destino. Quien parte lo hace porque necesita abandonar algo: una rutina sofocante, un entorno que lo limita, una versión de sí mismo que ya no soporta. El destino actúa como excusa, como justificación socialmente aceptable para una fuga interior que el viajero tal vez ni reconoce conscientemente.
Este pensamiento refleja la visión existencialista de Unamuno, filósofo obsesionado con la libertad y la autenticidad. Sugiere que los viajes verdaderos son siempre un acto de resistencia: contra la acomodación, contra el peso de lo cotidiano, contra las expectativas que otros depositan en nosotros. La geografía importa menos que la transformación que genera el movimiento mismo.
Las implicaciones son incómodas. Si viajamos fundamentalmente para huir, entonces los destinos idílicos no garantizan nada. Lo decisivo ocurre en el espacio intermedio, en la ruptura con lo anterior. El viaje cobra sentido no por lo que hallamos afuera, sino por lo que dejamos atrás y quiénes nos permitimos ser en la distancia.
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