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La erosión de la confianza como arma silenciosa
Benavente señala un daño particularmente insidioso: cuando personas malvadas actúan repetidamente, generan un efecto secundario devastador que trasciende sus acciones directas. La maldad ajena no solo causa daño inmediato, sino que contamina nuestro juicio moral. Comenzamos a sospechar de las motivaciones de gente decente, a interpretar sus gestos bajo la lente del cinismo. La víctima del engaño tiende a desconfiar incluso de quienes actúan genuinamente en su favor.
Este mecanismo psicológico explica por qué la corrupción institucional daña más que los robos aislados, o por qué una infidelidad puede envenenar futuras relaciones. El mal sistémico ataca nuestras capacidades para creer en la bondad. La sociedad se vuelve más hermética, menos cooperativa, porque cada persona buena debe ahora cargar con la prueba de su integridad.
La verdadera consecuencia no es simplemente que los buenos sufran acusaciones injustas, sino que la humanidad pierde su capacidad para funcionar sobre bases de confianza mutua. El cinismo se convierte en respuesta racional frente a la experiencia repetida del engaño.
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