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Los celos nacen de la imaginación
Benavente señala una verdad incómoda sobre los celos: su origen reside menos en la realidad que en lo que nuestra mente construye. Cuando alguien experimenta celos intensos, frecuentemente no reacciona ante hechos comprobados, sino ante escenarios posibles, conversaciones imaginadas y traiciones que solo existen en su cabeza. La evidencia concreta importa poco; basta la sospecha, el silencio ambiguo del otro o un gesto mal interpretado para alimentar la desconfianza.
Esta observación del dramaturgo español revela cómo los celos funcionan principalmente como un fenómeno psicológico. La mente del celoso trabaja constantemente, generando historias alternativas y completando vacíos informativos de manera destructiva. Un mensaje no respondido, una salida sin detalles, una mirada fugaz: todo se convierte en combustible para la imaginación. Así, los celos pocas veces son proporcionales a lo que sucede en la realidad.
La implicación práctica es profunda: combatir los celos requiere trabajar sobre nuestras propias construcciones mentales, no solo sobre las acciones ajenas. El celoso debe aprender a distinguir entre lo que ve y lo que inventa, una tarea que demanda autoconocimiento y valentía.
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