“Hay dos grados de orgullo: uno en el que uno se aprueba a sí mismo; otro, en el que no puede aceptarse. Este último es probablemente el más refinado.”
Filósofo, moralista y escritor suizo, autor del célebre Diario íntimo, conocido por sus profundas reflexiones sobre la vida interior y la moral.
1821 – 1881
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Significado
Dos matices del orgullo
Amiel separa el orgullo que se traduce en autoaprobación del que brota de la incapacidad para reconocerse. El primero es cómodo, legitima comportamientos y ofrece paz interior; el segundo aparece como una exigencia continua, un orgullo que rechaza la versión alcanzada de uno mismo y la reemplaza por una norma más elevada. Calificar ese orgullo como más refinado implica verlo como una delicadeza moral: fino, exigente, menos ostentoso pero más penetrante en la conciencia.
Consecuencias éticas y personales
Quien vive del orgullo complaciente encuentra estabilidad, pero corre el riesgo de estancarse; quien practica el orgullo que reniega de sí mismo impulsa la autocrítica, la superación y, a veces, la creación, aunque a costa de remordimiento y aislamiento. Amiel, diarista del siglo XIX obsesionado con la conciencia y la introspección, apunta a una tensión ética: la dignidad ligada a la exigencia propia puede acercar a la integridad o a la parálisis, según cómo se administre esa severidad interna.
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“Apocarse es virtud, poder y humildad; dejarse apocar es vileza y delito.”
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“El cielo, el infierno y el mundo entero, está en nosotros.”