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El motor oculto de nuestras acciones
Concepción Arenal, pensadora española del siglo XIX, identifica una paradoja incómoda en el comportamiento humano: muchas veces actuamos correctamente, pero por razones equivocadas. La vanidad nos impulsa a ser generosos para que otros nos admiren; el miedo nos lleva a respetar normas para evitar castigos. Ambos móviles producen acciones virtuosas, aunque nacidas de egoísmo o cobardía. Lo problemático es que confundimos el efecto (una acción buena) con la intención (el verdadero motor), creyendo ser mejores personas de lo que realmente somos.
Esta observación cuestiona la autenticidad de nuestra moralidad. Si dejamos de tener audiencia o desaparece la amenaza, ¿seguiríamos actuando igual? El deber verdadero, en cambio, permanece independiente de recompensas o castigos externos. Arenal sugiere que la madurez ética consiste en hacer lo correcto porque es correcto, no porque nos beneficie o nos salve de consecuencias. Una propuesta exigente que todavía hoy, en sociedades obsesionadas con la imagen pública, mantiene toda su pertinencia.
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