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El Paradoja del Conocimiento Obvio
Aristóteles plantea una inversión sorprendente: aquello que parece más claro puede ser lo más difícil de comprender. Los murciélagos, adaptados a la oscuridad, pierden capacidad visual cuando el sol brilla intensamente. Similarmente, nuestra mente tropieza con las verdades demasiado evidentes, aquellas que están tan cerca que dejan de ser visibles. Lo cotidiano se vuelve invisible precisamente por su familiaridad. No necesitamos analizar lo obvio; lo damos por sentado sin cuestionarlo.
El filósofo critica una ceguera intelectual específica. Cuando algo nos rodea constantemente, nuestra inteligencia se relaja y deja de investigar. Los principios fundamentales, las costumbres arraigadas, los supuestos compartidos por todos operan sin escrutinio. Requiere esfuerzo deliberado voltear la mirada hacia lo evidente, examinar críticamente lo que todos saben. Esta es la tarea del filósofo: penetrar esa luminosidad pegajosa que paraliza el pensamiento.
La implicación práctica es incómoda: nuestras certezas más sólidas merecen sospecha. El verdadero aprendizaje comienza cuando nos atrevemos a interrogar lo obvio.
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“El hombre nada puede aprender sino en virtud de lo que sabe”
“Nunca se alcanza la verdad total, ni nunca se está totalmente alejado de ella”
“La riqueza consiste mucho más en el disfrute que en la posesión”
“Un amigo fiel es un alma en dos cuerpos”
“La historia cuenta lo que sucedió; la poesía lo que debía suceder”