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La vacuidad del discurso vacío
Alfred d'Houdetot captura una paradoja intrigante sobre el charlatán: alguien que domina el arte de llenar espacios con palabras sin contenido real. La discreción aquí funciona como ironía. El charlatán no calla, pero su silencio es ensordecedor porque bajo la avalancha de sonidos no hay ideas, argumentos ni verdades. Habla con soltura, quizá con elegancia, pero cada frase es un espejo que refleja solo más palabras.
Esta observación revela cómo el lenguaje puede convertirse en un instrumento de ocultamiento. Mientras el silente guardarropa intelectual del charlatán permanece cerrado, la audiencia confunde la verborragia con la sabiduría. En contextos políticos, comerciales o sociales, esta distinción resulta decisiva: quien habla sin cesar frecuentemente pretende convencer donde debería demostrar, seducir donde debería argumentar.
La implicación práctica es clara: la profundidad reside en la selección de palabras, no en su multiplicación. Escuchar críticamente exige identificar cuándo el discurso es sustancia y cuándo es solo ruido disfrazado de autoridad.
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“Las citas son una manera de repetir erróneamente las palabras de otro.”
“Un periódico consta siempre del mismo número de palabras, haya noticias o no las haya.”
“Las palabras son como los rayos de sol: cuanto más concentradas están, más profundamente queman”
“Una palabra bien elegida puede economizar no sólo cien palabras sino cien pensamientos”
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