“Cuando recibí el Premio Nobel, la única suma de dinero importante que jamás he visto, tenía que hacer algo con él. La forma más fácil de deshacerme de esta papa caliente era invertirla, comprar acciones. Sabía que se aproximaba la Segunda Guerra Mundial y temía que si tenía acciones que suben en caso de guerra, desearía la guerra. Así que pedí a mi agente que comprara acciones que caen en caso de guerra. Así lo hizo. Perdí mi dinero y salvé mi alma.”

Albert Szent-Györgyi
Albert Szent-Györgyi

Bioquímico y biólogo molecular húngaro.

1893-1986

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Significado

La ética ante la riqueza inesperada

Szent-Györgyi enfrentó un dilema genuino tras recibir el Premio Nobel: qué hacer con una fortuna que superaba todo lo que había conocido. Su solución revela una preocupación profunda sobre cómo nuestros intereses financieros pueden corrupcionar nuestros valores morales. Al darse cuenta de que poseer acciones que se beneficiaban de la guerra lo inclinaría subconscientemente a desearla, tomó la decisión radical de hacer exactamente lo opuesto. Sacrificó ganancias económicas por integridad intelectual.

El precio del autoconocimiento

La anécdota ilustra algo incómodo: los incentivos económicos moldean nuestros deseos y pensamientos más que lo que creemos. Un científico pacifista que se enriqueciera con la guerra estaría, sin saberlo, creando conflictos internos entre sus convicciones y sus intereses. Perdió dinero, sí, pero ganó algo más valioso: la certeza de que sus posiciones sobre la paz provenían de sus principios y no de su cartera.

Relevancia contemporánea

Hoy esta reflexión cobra más peso. Vivimos rodeados de inversiones automáticas, fondos indexados, pensiones privadas que financian industrias controvertidas. Szent-Györgyi recordaba que la aparente neutralidad del dinero es ilusoria: siempre tenemos el poder de elegir con quién lo invertimos, aunque la elección implique una pérdida.

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