“Yo, que he enviado ejércitos al fuego y soldados a la muerte, digo hoy: nos embarcamos en una guerra que no tiene bajas, ni heridos, ni sangre ni sufrimiento. Es la única guerra en la que es un placer participar: la guerra por la paz.”

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De la violencia a la paradoja de la entrega

Un líder militar acostumbrado a ordenar ataques habla desde la gravedad de haber enviado soldados a la muerte. Su frase convierte la paradoja en herramienta: propone luchar con la misma determinación que en la guerra, pero sin heridas ni sangre, buscando un fin contrario a la destrucción. El contexto histórico es claro: un general que llegó a primer ministro y que puso su prestigio en acuerdos de paz, pagando con su vida la polarización que aquel proyecto generó.

Repercusiones políticas y éticas

La imagen de pelear por la paz moviliza, legitima el compromiso y transforma la valentía en un acto constructivo. Pero también puede militarizar el lenguaje político, ocultando tensiones reales bajo una retórica de consenso. La declaración exige esfuerzo colectivo y coraje, y deja la lección de que la autoridad obtenida en la guerra puede —si se quiere— orientarse hacia la reconciliación, aunque sin garantía de éxito ni inmunidad frente a la violencia interna.

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