“Cada hombre hace un dios de su propio deseo.”
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Significado
Deseo convertido en ídolo
Virgilio, poeta romano del siglo I a.C., condensa en la frase la idea de que lo divino suele ser una proyección de las pasiones humanas. Cada creencia refleja anhelos, miedos y prioridades personales; así, lo sagrado se ajusta como un espejo a lo que cada quien desea. En el contexto de su obra, donde confluyen el destino, la piedad y la ambición política, esa observación pone en evidencia la tensión entre los mandatos colectivos y los impulsos privados.
Implicaciones éticas y sociales
Si las deidades obedecen a apetitos individuales, la reverencia puede legitimizar conductas y consolidar poderes que sirven intereses concretos. La misma dinámica aparece en ideologías, cultos a líderes o consumos que funcionan como sustitutos religiosos. Reconocer este mecanismo exige distancia crítica y responsabilidad: diferenciar lo que queremos creer de lo que merece confianza, y evitar que el deseo dicte la medida de lo verdadero.
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“Todas las personas desean lo que creen que les hace sentirse bien. Si una persona no está llena del deseo de Dios, solo podemos concluir que busca otra felicidad.”
“La fe no es un concepto, sino un verdadero y profundo deseo esencial: el anhelo o la atracción magnética hacia Cristo que, al avanzar, surge de una semilla de la naturaleza divina en nosotros, atrayéndonos y uniéndonos a él.”
“Así decía el hierro al imán: te odio porque me atraes sin que poseas fuerza suficiente para unirme a ti”
“Muchas veces la gente no sabe lo que quiere hasta que se lo enseñas”
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