“De la conquista podemos decir que no se ha producido jamás por la fuerza y la imposición brutal, pues no dura una conquista de esta naturaleza. La conquista, lo mismo que el poder de imposición, ha de aportar, cosa esencial en toda sociedad humana, algún beneficio consigo, o bien los hombres con toda su fuerza la rechazarán.”

Thomas Carlyle
Thomas Carlyle

historiador, pensador y ensayista escocés

1795-1881

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La paradoja del dominio duradero

Carlyle sostiene que la violencia pura nunca ha logrado mantener un sistema de poder a largo plazo. Un régimen basado exclusivamente en la represión colapsa cuando disminuye la capacidad coercitiva o surge resistencia suficientemente organizada. Para que cualquier forma de dominio persista, requiere legitimidad percibida: los dominados deben identificar algún beneficio en su subordinación, ya sea seguridad, prosperidad, orden o protección.

Este argumento desafía la visión simplista que atribuye las conquistas históricas solo a la superioridad militar. Sugiere que los imperios que resistieron siglos integraron instituciones, comercio o administración que beneficiaban a poblaciones conquistadas, creando complicidades estructurales. Incluso sistemas injustos necesitan apoyo suficiente para funcionar.

Las implicaciones incómodas son evidentes: aceptamos estructuras opresivas cuando nos proporcionan ventajas, por marginales que sean. Carlyle expone así cómo el consentimiento fabricado consolida el poder mejor que las cadenas. Comprender esto revela por qué los cambios revolucionarios exigen algo más que violencia: necesitan ofrecer mejores promesas de beneficio colectivo.

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