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La realidad moral del mundo según Wilde
Oscar Wilde cuestiona la ilusión de una justicia cósmica automática. Contrario a lo que las religiones y filosofías morales prometen, el mundo real no recompensa la virtud ni castiga el vicio por defecto. La vida carece de ese equilibrio poético donde las acciones buenas generan consecuencias positivas y las malas reciben su merecido. En cambio, el poder material y la capacidad de imponerse determinan los resultados. Los ganadores no suelen serlo por su bondad, sino por su fortaleza, inteligencia estratégica o circunstancias favorables.
Esta observación refleja el escepticismo de Wilde hacia la moralidad tradicional de su época victoriana. Su ironía apunta a desenmascarar la hipocresía de una sociedad que predicaba virtud mientras recompensaba el éxito sin importar cómo se lograra. La implicación es incómoda: la moralidad no es un mecanismo de supervivencia garantizado, sino más bien una construcción cultural que compite contra instintos de poder y dominación. No ofrece consuelo fácil, pero sí claridad sobre cómo funciona realmente el mundo.
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