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Significado
La distinción entre el error y quien yerra
San Agustín propone aquí una separación crucial entre dos realidades que tendemos a confundir: la falsedad misma y la persona que la sostiene. Combatir una idea equivocada es no solo legítimo sino necesario, especialmente cuando afecta el bien común o la verdad. Sin embargo, esa batalla intelectual no justifica el desprecio o la condenación de quien incurre en el error. La persona que se equivoca sigue siendo digna de consideración y, potencialmente, capaz de cambiar.
Implicaciones prácticas
La cita cobra relevancia en contextos donde prevalecen posiciones dogmáticas. Aplicada a debates públicos, religiosos o políticos, sugiere que la firmeza en los principios puede coexistir con la compasión hacia quienes piensan diferente. No equivale a relativismo moral: reconoce que existen creencias falsas que merecen crítica rigurosa. Pero reconoce también que el cambio genuino surge del diálogo respetuoso, nunca de la hostilidad hacia el interlocutor.
Esta distinción fundamental transforma cómo argumentamos: separa la refutación honesta del ataque personal, convirtiendo la búsqueda de la verdad en un ejercicio que honra tanto el rigor como la humanidad.
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“El mundo no fue hecho en el tiempo, sino con el tiempo”
“Creo para comprender, y comprendo para creer mejor”
“Los hombres están siempre dispuestos a curiosear y averiguar sobre las vidas ajenas, pero les da pereza conocerse a sí mismos y corregir su propia vida”
“Ama y haz lo que quieras. Si callas, callarás con amor; si gritas, gritarás con amor; si corriges, corregirás con amor, si perdonas, perdonarás con amor.”
“El que no tiene celos no está enamorado.”