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La ventaja de la desonestidad en las negociaciones
Waltari plantea una paradoja incómoda sobre las dinámicas de poder: quien actúa con integridad se encuentra en desventaja frente a quienes manipulan, mienten o actúan de mala fe. La razón es simple: la honestidad impone límites autoimpuestos, mientras que la picardía carece de escrúpulos que la contengan. El negociador honrado revela sus límites reales, sus necesidades genuinas y sus valores; el deshonesto construye una estrategia basada en engaños sin comprometerse con verdad alguna.
Esta observación refleja una realidad observable en múltiples contextos: desde transacciones comerciales hasta conflictos diplomáticos. Quien está dispuesto a mentir obtiene ventaja táctica, pues puede prometer lo imposible, ocultar intenciones o fabricar información. El honrado, en cambio, negocia desde la restricción de sus propias convicciones.
La implicación más perturbadora es que esto sugiere un sistema donde la virtud trae costos tangibles. Sin embargo, esto no cierra el debate: cabría preguntar si la ganancia a corto plazo de la deshonestidad compensa el daño reputacional a largo plazo, o si una sociedad donde prospera la picardía termina siendo menos eficiente para todos.
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“Un país, una civilización se puede juzgar por la forma en que trata a sus animales”
“Puedes engañar a todo el mundo algún tiempo. Puedes engañar a algunos todo el tiempo. Pero no puedes engañar a todo el mundo todo el tiempo”
“Los buenos terminan felices; los malos, desgraciados. Eso es la ficción.”
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