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La paradoja del milagro cotidiano
Unamuno señala una contradicción profunda en nuestra relación con lo extraordinario. Buscamos intervenciones divinas espectaculares mientras ignoramos que nuestra capacidad de pedir, de desear, de imaginar lo imposible es en sí misma un fenómeno inexplicable. Un ser puramente material, sujeto a las leyes de la física, logra transcenderse a sí mismo mediante el pensamiento y la esperanza. Esa brecha entre lo que somos y lo que anhelamos es donde reside lo verdaderamente milagroso.
El contexto existencialista de Unamuno refleja su preocupación por la fe genuina frente a la fe superficial. No demanda duda ciega, sino conciencia del misterio que nos constituye. Aquello que consideramos normal, cotidiano, pasa desapercibido: respirar, pensar, elegir, creer. Desde esta perspectiva, el milagro no es el evento excepcional que esperamos de los cielos, sino la estructura misma de nuestra existencia consciente.
La implicación es clara: antes de buscar señales externas, conviene reconocer el prodigio de estar aquí, formulando preguntas, deseando transformación. Quizá el verdadero acto de fe no es esperar cambios imposibles, sino despertar a la dimensión milagrosa de lo presente.
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“El modo de dar una vez en el clavo es dar cien veces en la herradura”
“La fe no es creer lo que no vimos, sino creer lo que no vemos”
“Lo que creemos que son los motivos de nuestra conducta no son más que sus pretextos”
“La verdadera ciencia enseña, por encima de todo, a dudar y a ser ignorante”
“El progreso consiste en el cambio”