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La delgadez de la línea entre convicción y exceso
Duras señala una paradoja incómoda: quien posee una fuerte convicción moral o una clara voluntad de poder vive en equilibrio frágil. La seguridad en los propios principios, paradójicamente, puede convertirse en el acelerador de su propia corrupción. Ese sentimiento de certeza que nos permite actuar se transforma fácilmente en justificación para traspasar límites. La embriaguez del poder nubla el juicio precisamente en quienes más confianza tienen en su propio criterio.
La escritora francesa, conocida por explorar los abismos psicológicos, identifica aquí una trampa universal: los fanáticos, los revolucionarios, los líderes convencidos de su misión genuinamente creen estar actuando correctamente mientras cometen excesos. No necesitan mucho para perder el rumbo, porque su moral de combate les otorga una licencia imaginaria para la transgresión.
La lección es inquietante. Sugiere que la autovigilancia debe ser más rigurosa precisamente en quienes más seguros están de sus principios. La virtud requiere, paradójicamente, desconfianza constante hacia uno mismo.
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“El hombre ya es capaz de crear en el laboratorio a otro hombre. Pero igual que se puede fabricar, se puede destruir. Y si ese es nuestro auténtico poder, entonces el ser humano es el mayor arma de destrucción masiva”
“Una persona que da más valor a sus privilegios que a sus principios, pronto perderá ambos”
“La multitud obedece más a la necesidad que a la razón, y a los castigos más que al honor.”
“No hay cosa más fuerte que el verdadero amor.”
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