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El límite que falta
Konrad Adenauer, político alemán del siglo XX, observa una asimetría peculiar en la creación: mientras que Dios estableció fronteras para casi todo (la vida, el tiempo, las capacidades físicas), la estupidez parece haber escapado a esta regla. La frase funciona como una crítica mordaz sobre la naturaleza humana. No bromea sobre la existencia del mal absoluto, sino sobre algo más cotidiano: la capacidad humana de cometer errores sin mayores consecuencias, de insistir en tonterías repetidamente.
El contexto importa aquí. Adenauer vivió las catástrofes del siglo XX, periodos donde decisiones irracionales causaron sufrimientos masivos. Su observación refleja la frustración de quien ha visto cómo la irracionalidad prospera sin control. La cita sugiere que mientras la naturaleza restringe nuestras fuerzas o nuestros años, deja completamente desatada nuestra capacidad para actuar sin sensatez.
Lo provocador radica en que toca un punto débil de la lógica: ¿por qué el universo tolera la persistencia de lo absurdo? La respuesta implícita es inquietante: porque no existe mecanismo natural que la detenga.
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