La comparación sitúa el impulso sexual en el terreno de lo elemental: una fuerza abrupta, a veces destructiva, que actúa sin pedir permiso y que escapa a las categorías morales o estéticas. Al usar la imagen de la tempestad se subraya la intensidad corporal y la immediación del encuentro, algo que ocurre antes de que la lengua lo nombre o que la teoría lo comprenda. Hay en esa imagen una mezcla de atracción y peligro, de anonimato y violencia posible.
La distancia entre experiencia y palabra
La segunda parte destaca la impotencia del discurso: las descripciones y las disecciones pueden esclarecer, pero no recrean lo vivido. Desde ahí surgen consecuencias prácticas y éticas: reducir la experiencia a un concepto puede vaciarla de su fuerza, y pretender someterla a análisis clínico rara vez alcanza su verdad sensorial. Queda, entonces, la obligación de reconocer la limitación del lenguaje frente a lo que acontece en el cuerpo.