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La guerra domesticada en el terreno de juego
Francisco Umbral propone una idea provocadora: el deporte traslada los impulsos competitivos y la voluntad de dominio que caracterizan la guerra hacia un espacio controlado y reglamentado. En lugar de enfrentamientos letales, canalizamos esa agresividad en partidos, carreras y competiciones donde existen límites claros, árbitros y normas. El balón sustituye al arma; la victoria deportiva reemplaza la conquista territorial. Esta transformación permite que expresemos nuestro espíritu combativo de forma socialmente aceptable, convirtiendo la violencia cruda en espectáculo y entretenimiento.
La perspectiva de Umbral cuestiona la inocencia con que a menudo consideramos el deporte. Detrás del juego limpio y la celebración olímpica persisten estructuras de jerarquía, conquista y dominio que reconocemos de la esfera militar. Los equipos luchan por territorio (la cancha), emplean estrategias tácticas y buscan la supremacía sobre un rival. Sin embargo, esta "estilización" tiene valor: ofrece una salida ritualizada a nuestras pulsiones más primitivas, una alternativa a la destrucción real. El deporte, entonces, actúa como válvula reguladora de conflictos humanos fundamentales.
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“El talento, en buena medida, es una cuestión de insistencia.”
“Los deseos se tienen, no se piden. Lo que se pide es el objeto del deseo.”
“El destino, el azar, los dioses, no suelen mandar grandes emisarios en caballo blanco, ni en el correo del Zar. El destino, en todas sus versiones, utiliza siempre heraldos humildes.”
“Escribir es la manera más profunda de leer la vida.”
“El que lo piensa todo primero, no escribe nada después.”