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El persistente retorno de nuestros prejuicios
Federico II captura una verdad incómoda sobre la naturaleza humana: los prejuicios no desaparecen simplemente porque los rechacemos conscientemente. Al expulsarlos por la puerta principal (mediante la razón, la educación o la voluntad), encuentran otras vías de entrada. Se filtran sutilmente a través de nuestras emociones, costumbres, conversaciones cotidianas y estructuras sociales que heredamos sin cuestionamiento. La metáfora sugiere que la erradicación completa es ilusoria; el prejuicio es porfiado y se reinventa constantemente.
Este pensamiento, atribuido al monarca ilustrado del siglo XVIII, refleja una posición realista sobre el cambio social. No basta con proclamar principios de igualdad o tolerancia en documentos oficiales si permitimos que las viejas creencias sigan operando en la práctica. La implicación práctica es clara: requiere vigilancia continua y esfuerzo sostenido, no un acto puntual de rechazo intelectual. Combatir los prejuicios exige cerrar todas las grietas por donde se cuelan, reconociendo que incluso nuestras mejores intenciones pueden ocultarlos.
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