“Un buen vino es como una buena película: dura un instante y te deja en la boca un sabor a gloria; es nuevo en cada sorbo y , como ocurre con las películas, nace y renace en cada saboreador.”

Federico Fellini
Federico Fellini

Director de cine italiano.

1920 – 1993

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La eternidad en lo efímero

Fellini compara dos experiencias que parecen opuestas a la permanencia: el vino y el cine. Ambos son actos de consumo momentáneo, pero dejan huellas profundas. El director italiano observa que lo valioso reside precisamente en esa brevedad. Un sorbo, una película, una vida. La gloria que deja en la boca no depende de la duración, sino de la intensidad con que se experimenta. El verdadero lujo está en saborear, no en acumular.

La paradoja de la renovación

Lo peculiar de esta reflexión radica en afirmar que ambas experiencias renacen cada vez. No son fijas ni idénticas: cada persona que las vive las reinventa. El mismo vino tiene distintos matices según quien lo pruebe, sus emociones, su contexto. Del mismo modo, una película proyectada mil veces genera mil películas diferentes. El significado no existe en el objeto, sino en el encuentro entre quien lo experimenta y la cosa misma.

Implicación vital

Fellini sugiere una lección sobre qué perseguir en la vida: no la permanencia de lo material, sino la calidad del instante vivido con plenitud. En tiempos de acumulación y durabilidad, el cineasta defiende lo transitorio como digno de veneración.

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