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La paradoja de la excelencia y la envidia
Esquilo sugiere una idea provocadora: la envidiable merecida marca la verdadera valía. Quien logra algo genuinamente notable despierta en otros ese sentimiento incómodo de deseo hacia lo ajeno. Lejos de ser exclusivamente negativa, la envidia funciona aquí como termómetro de la relevancia. Los mediocres pasan desapercibidos precisamente porque nada en ellos genera anhelo. La excelencia, por el contrario, brilla lo suficiente para incomodar.
En el contexto de la antigua Grecia, esta reflexión cobra particular importancia. La envidia no era simplemente un vicio moral, sino una respuesta casi inevitable ante la distinción. Esquilo coloca el asunto en términos inversados: la ausencia de envidia revela pobreza de logros, no pureza de carácter. Ser ignorado equivale a ser intrascendente.
Las implicaciones modernas resultan incómodas. La cita rechaza la falsa humildad de quien pretende pasar inadvertido. Cuestiona si vale la pena existir sin dejar huella, sin provocar ni siquiera la incomodidad ajena. Propone que cierta fricción social es el precio de la grandeza real.
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“La fuerza de la necesidad es irresistible”
“Pocos hombres tienen la fuerza de carácter suficiente para alegrase del éxito de un amigo sin sentir cierta envidia.”
“No considero nada vergonzoso honrar a los hermanos.”
“No es sabio el que sabe muchas cosas, sino el que sabe cosas útiles.”
“Ni aún permaneciendo sentado junto al fuego de su hogar puede el hombre escapar a la sentencia de su destino.”