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Generaciones y deuda vital
Darrow propone una visión desencantada sobre cómo las relaciones familiares moldean nuestras vidas. Durante la infancia y juventud, heredamos las inseguridades, traumas y limitaciones de nuestros progenitores. Sus decisiones, prejuicios y expectativas se cuelan en nuestras decisiones fundamentales. Luego, cuando nos convertimos en padres, el ciclo se invierte: ahora somos nosotros quienes transmitimos nuestras cargas a la siguiente generación, aunque intentemos evitarlo.
La frase tiene un tono irónico, casi cínico. Darrow, abogado y pensador estadounidense del siglo XX, vivió en una época de transformaciones sociales aceleradas donde las fracturas entre generaciones eran especialmente visibles. Su observación refleja la tensión inevitable entre el deseo de protestar a nuestros hijos y la realidad de que siempre dejamos cicatrices.
Lo inquietante de esta idea radica en que reconoce algo incómodo: el daño es estructural, casi inevitable. No basta con intentar ser mejor padre o madre; el impacto siempre existe. Quizá su verdadero valor está en invitarnos a aceptar que la responsabilidad familiar es permanente y que cada generación debe aprender a gestionar lo que heredó.
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