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La ambición sin retorno
Benjamin Jonson captura aquí una verdad incómoda sobre la naturaleza humana: quien persigue objetivos ambiciosos raramente se detiene a contemplar el camino recorrido. Como el agua que desciende por una montaña, la ambición fluye hacia adelante con lógica inexorable, arrastrada por su propia momentum. Cada logro genera nuevas metas; cada victoria, nuevos horizontes. La mirada permanece fija en lo que falta, no en lo que se conquistó.
Esta observación revela tanto la fuerza como la fragilidad de la ambición. Por un lado, ese impulso constante permite avances extraordinarios: sin él, careceríamos de innovación, progreso, superación personal. Por otro, produce una existencia donde la satisfacción nunca llega, donde el presente se desmorona bajo el peso de futuros inciertos. El ambicioso vive frecuentemente en deuda consigo mismo.
La pregunta que Jonson deja suspendida es pertinente: ¿vale la pena perseguir metas sin jamás saborear lo alcanzado? La respuesta probablemente dependa de si el viaje mismo, y no el destino, justifica la ausencia de pausas reflexivas.
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