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El precio de la adulación
Feijoó, intelectual dieciochesco, identificaba un vicio humano particularmente destructivo: la adicción a los halagos. Quien construye su autoestima únicamente sobre elogios ajena necesariamente percibe como adversario a cualquiera que ose cuestionarlo, corregirlo o simplemente guardar silencio. La crítica honesta, el consejo prudente y hasta la indiferencia se convierten en amenazas cuando hemos perdido la capacidad de autoevaluación.
El Padre Feijoó escribía en una época de cortes y academias donde la lisonja era moneda corriente. Su observación ataca un problema moral concreto: quien depende del halago pierde la amistad verdadera. Los aduladores son cómplices involuntarios de la ceguera ajena; los críticos legítimos, aquellos que arriesgan desaprobación para señalar un error, quedan excluidos como enemigos. Esta dinámica produce personajes aislados, rodeados de voces que confirman sus creencias, incapaces de crecer.
La advertencia sigue vigente. En redes sociales y espacios profesionales, observamos cómo la búsqueda compulsiva de validación ajena genera precisamente esta hostilidad hacia quien no participa del aplauso obligatorio.
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