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El valor real de lo que poseemos
André Gide cuestiona una creencia común: que el esfuerzo invertido en obtener algo determina automáticamente cuánto lo disfrutamos. Propone algo más incómodo. El placer y la satisfacción no deberían atarse al precio pagado. Si vinculamos la felicidad al sufrimiento previo, convertimos el dolor en prerequisito del disfrute y nos condenamos a valorar solo lo difícil, ignorando las alegrías genuinas que llegan sin drama.
La provocación de Gide apunta a liberarnos de una lógica de deuda emocional. Aquel regalo inesperado, la amistad que surgió sin esfuerzo, el descubrimiento fortuito: ¿merecen menos alegría porque no costaron sudor? Por el contrario, la obsesión por justificar el precio pagado puede oscurecer lo que realmente disfrutamos.
La implicación práctica resulta radical: examinar si nuestras satisfacciones son auténticas o apenas reflejos de nuestra propia culpa. El verdadero deleite debería ser tan intenso ante lo ganado a pulso como ante lo recibido sin merecerlo. Ambos son válidos.
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“Sabio es aquel que constantemente se maravilla”
“Cree a aquellos que buscan la verdad, duda de los que la han encontrado”
“Todas la cosas ya fueron dichas, pero como nadie escucha es preciso comenzar de nuevo”
“Todas las cosas ya fueron dichas, pero como nadie escucha es preciso comenzar de nuevo”
“Muchas veces las palabras que tendríamos que haber dicho no se presentan ante nuestro espíritu hasta que ya es demasiado tarde.”