“Cuando era niña, siempre hacía ruido; era una obligación. Me encantaba gritar, gritar y cantar porque eso me liberaba de todos los pensamientos en mi cabeza. Rogaba por clases de ópera porque el canto lírico es la forma más formidable y emotiva de usar la voz.”

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Libertad como resonancia

La imagen de una infancia en la que hacer ruido era una obligación funciona como una confesión: la emisión sonora aparece como el único antídoto frente a un torrente mental incesante. La voz se convierte en herramienta de alivio y afirmación, y el placer de gritar o cantar se entiende menos como travesura que como necesidad emocional. Pedir formación en ópera revela que lo buscado no es solo desahogo espontáneo, sino también la potencia de una técnica capaz de sostener y ampliar esa liberación.

La implicación es doble: por un lado, el canto transforma la turbulencia interna en forma, orden y presencia pública; por otro, exige disciplina para convertir un impulso en discurso estético. Hay en esa confesión una reivindicación de la voz como territorio propio, donde la educación artística no anula la urgencia sino que la dignifica, y donde el trabajo técnico permite que lo íntimo alcance a otros sin perder su origen.

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