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Significado
La velocidad como vicio de la prisa
Shakespeare cuestiona nuestra admiración por la rapidez. Sugiere que quien realmente valora la celeridad es aquella persona descuidada, incapaz de reflexionar o planificar adecuadamente. La prisa se convierte así en síntoma de negligencia, no en virtud. Quien trabaja con diligencia busca precisión y calidad, no velocidad por sí sola. El negligente, en cambio, aprecia la velocidad porque le permite evadir responsabilidades y completar tareas sin profundidad.
Implicaciones prácticas y contemporáneas
Esta observación cobra relevancia en nuestro contexto actual, donde la inmediatez domina múltiples aspectos de la vida. Redes sociales, decisiones empresariales, respuestas emocionales: todo se acelera sin que medie reflexión genuina. Shakespeare apunta a una verdad incómoda: confundimos eficacia con eficiencia. Un resultado rápido no garantiza calidad; frecuentemente refleja falta de cuidado.
La cita invita a repensar qué admiramos realmente. Si valoramos algo por su rapidez, conviene preguntarse si esa admiración revela algo sobre nuestras propias negligencias.
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“Yo soy un hombre de gustos sencillos: siempre me conformo con lo mejor”
“Hay tanta contaminación en el aire que, si no fuera por nuestros pulmones, no habría donde ponerla”
“La gente buena duerme mucho mejor por la noche que la gente mala. Por supuesto, la gente mala se lo pasa mucho mejor cuando está despierta”
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