“¿Cuál es la diferencia entre la publicidad no ética y la ética? La publicidad no ética utiliza mentiras para engañar al público; la publicidad ética utiliza la verdad para engañar al público.”
La frase subraya una paradoja inquietante: no siempre la línea ética pasa por la veracidad literal, sino por la forma en que se presentan los hechos. La publicidad que recurre a la mentira engaña abiertamente; la que apela a verdades seleccionadas o sacadas de contexto logra el mismo fin mediante artificios retóricos. Ahí entran la omisión, la sobreenfatización y el encuadre emocional, y con ellos la intención del emisor se convierte en criterio clave para juzgar la ética.
Implicaciones prácticas y morales
Vilhjalmur Stefansson, figura de pensamiento directo y a menudo provocador, apunta a una inquietud sobre la persuasión moderna: la legalidad de una afirmación no garantiza su legitimidad moral. El efecto inmediato es exigir estándares que vayan más allá de la simple falsedad: transparencia sobre contexto e intención, responsabilidad en el uso de datos y reconocimiento del poder de la forma. Para consumidores y reguladores la lección es clara, aunque incómoda: la verdad puede ser arma si se usa para manipular.